Diccionario de Falacias

Diccionario de Falacias

de la App Tiros y Tijeras

Este breve diccionario hace parte de un trabajo más amplio que la Universidad de Caldas publicó en 2018 en una App que buscaba apoyar el aprendizaje de nociones básicas de lógica, argumentación y filosofía. Al final de cada entrada ponemos un vínculo a un video animado en el que se ejemplifica la falacia correspondiente en un diálogo entre unos personajes de dos series creadas para la App. El trabajo fue desarrollado por estudiantes y profesores de los programas de Artes plásticas, Diseño visual y Filosofía y letras.

Imagine que está en una discusión y otra persona lo critica para desvirtuar su argumento o que use la fuerza o el miedo para hacerlo cambiar de idea. Si le ha ocurrido, no pierda más tiempo e instrúyase con nuestro Diccionario de falacias. Haga clic en la de su interés y cúrese en salud.

Accidente

Falacia de accidente
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Descripción

Consiste en intentar establecer una regla estricta cuando hay excepciones obvias o discutidas. El error reside en confundir una generalización con una regla universal estricta. Se comete usualmente al intentar usar reglas demasiado simples para caracterizar situaciones complejas que admiten excepciones legítimas, o discusiones interesantes. A veces se usa la expresión latina Secundum quid para referirse a esta clase de error. El nombre Falacia de accidente se debe a que en una de sus variantes consiste en tomar una característica accidental de una persona o cosa como si fuera esencial.


Ejemplo

A veces se pretende despachar asuntos complicados de una manera simplista apelando a reglas generales que no pueden aplicarse de ese modo. Por ejemplo, en la discusión sobre si un sistema judicial debe incluir la pena de muerte suelen decirse cosas como: “Si matar es malo entonces la pena de muerte es mala”. Esto es un caso de la falacia de accidente, puesto que hay excepciones ampliamente reconocidas a la regla “No se debe matar” como, por ejemplo, la legítima defensa. Así que, sin antes mostrar que tales excepciones no existen, no debería usarse la supuesta regla estricta. También se comete la falacia al tomar por esencial una característica accidental como, por ejemplo, asumir que todos los funcionarios que usan corbatas son eficientes solo porque usualmente los funcionarios eficientes usan corbata (o porque así salen en las películas).


Cómo evitarla

La respuesta más efectiva consiste en enfatizar que hay excepciones conocidas a la supuesta regla que el razonador pretende usar. Además, debe recordarse que siempre es legítimo cuestionar reglas con las que no estamos de acuerdo. Desde luego, el cuestionamiento debe basarse en evidencia relevante.


Otro ejemplo de esta falacia

 

Ad Hominem

Falacia de Argumentum ad hominem
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Descripción

La expresión latina significa “contra la persona”, y se usa para designar un error muy común de razonamiento que consiste en que, en una discusión sobre lo que alguien ha dicho, en lugar de criticar la afirmación se cuestiona a la persona que la hace. Es un error debido a que no sirve para establecer que la afirmación en disputa es falsa o dudosa. Por ejemplo, si alguien afirma que imprimir más billetes es mala idea porque aumentaría la inflación, es un error contestarle que eso es falso porque él no ha estudiado economía. Es un error porque la verdad de la afirmación que él hizo es por completo independiente de qué títulos tenga la persona. Una manera de resaltar el error básico de esta falacia consiste en usarla pero en el contexto de las matemáticas o la física. Por ejemplo, durante el auge de Hitler en Alemania hubo gente que llegó a sugerir que toda la ciencia hecha por judíos era mala ciencia, puesto que los judíos son una «raza inferior». Einstein y Freud tuvieron que huir de Alemania por eso. Es tan estúpido como decir que si un colombiano suma 2 más 2 y le da 4 el resultado debe ser falso puesto que el tipo es colombiano. Todo argumento que desvíe la discusión hacia la persona del interlocutor es un caso de argumento ad hominem o ataque personal.


Ejemplo

Hay innumerables maneras de perpetrar esta falacia, y aquí pondremos sólo unos pocos ejemplos comunes: “Su opinión sobre el tema del aborto es irrelevante, después de todo usted es un hombre y nunca podrá quedar en embarazo”; o: “Basta considerar la forma en que vive una persona atea, en el libertinaje, el vicio y el desorden, para ver cuán equivocado es el ateísmo”; o los simples insultos como: “Es usted un estúpido y nada que provenga de un estúpido merece ser tenido en cuenta”.


Cómo evitarla

Cuando uno es la persona atacada puede contestar fácilmente: “Usted ha probado algo que todos sabíamos: que soy ignorante e incompetente. Pero usted no ha probado que mi afirmación es falsa, todavía nos debe un argumento”.


Otro ejemplo de esta falacia

 

Ambigüedad

Falacia de ambigüedad
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Descripción

Consiste en usar un término o expresión esencial para el argumento, pero con dos significados distintos. De esta manera se da la apariencia de estar hablando de un solo tema cuando en realidad se ha cambiado de tema. Un ejemplo típico lo ofrecen ciertas discusiones sobre la pobreza, como veremos. Esta falacia también se conoce con el nombre de Anfibología.


Ejemplo

Incurre en anfibología el político que sugiere que hay menos pobreza que antes, cuando lo único que pasa es que él o algún organismo encargado de la estadística oficial ha modificado la definición de la pobreza (por ejemplo, ya no se considera pobre a quien gana cinco mil pesos diarios sino a quien gana dos mil pesos diarios). De este modo, aunque la realidad no ha cambiado en nada, el número de personas clasificadas como pobres será menor que antes: el político simplemente ha dejado de llamar “pobres” a unas personas que estaban incluidas en la definición de “pobreza”.
Cuando se habla sobre asuntos como la pobreza, la igualdad, la justicia, la democracia, la paz, es muy fácil incurrir en este tipo de falacia. “Pobreza” es un término que puede confundir en un debate público. Los gobiernos, típicamente, usan definiciones muy estrechas del término y, al mismo tiempo, la mayoría de las personas usamos el término en un sentido más amplio. Los políticos tienden a aprovecharse de esta ambigüedad, ya sea para apoyar o para criticar al gobierno de turno. En general, la pobreza se entiende como carencia o escasez de los medios necesarios para la vida o incluso para una vida digna. Pero, al definir la pobreza en términos de cierta cantidad de plata que una persona o un hogar gana y con la cual esa persona o familia puede adquirir los bienes básicos de supervivencia, los gobiernos usan el término en un sentido mucho más preciso y estrecho que el significado que tiene para la mayoría.


Cómo evitarla

Una forma efectiva de combatir este tipo de falacia consiste en no utilizar más el término ambiguo. Así, por ejemplo, en lugar de continuar hablando sobre los pobres o la pobreza se puede proponer que la discusión sea acerca de cuántas personas en Colombia tienen que vivir con menos de determinados ingresos, y de qué alcanzan a comprar con esa plata. Esto conduce nuevamente la discusión hacia lo relevante, y evita que quien abusa de la ambigüedad pueda sacar más provecho de ese fenómeno.
En las discusiones sobre igualdad de género, por ejemplo, también puede suprimirse la palabra “igualdad”, y hablar más bien de cuánto ganan hombres y mujeres, de si las mujeres tienen los mismos derechos, etc.
En los debates sobre si un sistema político es o no democrático se puede evitar el uso del término problemático, “democracia», y llevar la discusión a asuntos concretos como, por ejemplo, si el poder ejecutivo interfiere con los poderes legislativo y judicial; si hay elecciones limpias, si las diferencias de ingreso entre ricos y pobres son muy grandes, si existen varios partidos políticos, etc.


Otro ejemplo de esta falacia

 

Apelación a la fuerza

Falacia de apelación a la fuerza o al miedo
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Descripción

Ocurre cuando se intenta empujar a alguien a creer algo o a actuar de cierta forma con alguna clase de amenaza (tomamos la metáfora de los Jemeres rojos, cuyo líder proclamaba que, a los camboyanos, los iba a «empujar a la felicidad»). Podría decirse que es una renuncia al argumento, ya que busca sustituir la convicción por el miedo. En el caso de apelar al miedo cuando se trata de una propuesta política, por ejemplo, casi siempre es un mecanismo para no discutir seriamente la propuesta en cuestión. La expresión latina con la que se conoce esta falacia es Argumentum ad baculum, que significa “Recurso al bastón”, una caricatura que quiere enfatizar la renuncia a la razón por el uso velado de la fuerza, como si un bastón pudiera ser un argumento. Modernamente podríamos traducirla por “Apelación al revólver”. Hay una discusión interesante, y es si es posible mover la inteligencia humana por la fuerza. Por ejemplo, John Locke, en su Carta sobre la tolerancia, afirmó que la fuerza es por completo estéril en asuntos de la inteligencia, porque incluso una persona que está siendo torturada podrá declarar que cree algo, pero en su interior todavía será libre de decidir si lo cree o no. Más recientemente George Orwell, en su obra maestra 1984, imaginó una situación en la que la exposición de una persona a una tortura terrible y permanente hace que, por decirlo así, en el fondo del alma esa persona llegue a creer cualquier cosa que el torturador quiere que crea. ¿Cree usted que es posible llevar a alguien a creer algo por la fuerza, contra su voluntad?


Ejemplo

Las variantes de esta falacia en política van desde la amenaza sutil hasta la metralla (hay una discusión entre los teóricos de las falacias acerca de si un argumento tan parecido a un golpe puede ser considerado siquiera un argumento.) Una idea común a las variedades políticas de esta falacia es que deberíamos secundar una propuesta o votar por un candidato porque, de lo contrario, personas con poder tomarán medidas desagradables, como recortar presupuestos para obras públicas, etc.
Uno de los argumentos más famosos en la historia de la filosofía puede interpretarse parcialmente como una apelación al miedo. Se trata de la apuesta de Pascal. Para evitar discusiones sobre si lo que sigue fue lo que realmente quiso decir el gran filósofo, digamos que vamos a reconstruir un argumento inspirado en la apuesta de Pascal. Consideremos las siguientes posibilidades:
i) Dios no existe y la muerte es el final; o ii) Dios existe y el creyente tendrá una vida eterna de felicidad, mientras que el ateo, por no creer, recibirá un martirio eterno en el infierno.
Dadas estas posibilidades, continúa el argumento, la mejor opción es creer en Dios, puesto que el creyente estaría eligiendo entre la nada y la felicidad eterna, mientras que el incrédulo estaría eligiendo entre la nada y la desdicha eterna. Este argumento es un caso típico de apelación al terror: la razón para creer en Dios es que las posibles consecuencias de no hacerlo podrían ser terribles. El argumento de Pascal también podría ser un caso de un dilema falso (puesto que parece plantear sólo dos opciones: o existe un Dios monoteísta, infierno incluido, o no existe nada después de la muerte. Pero hay más posibilidades: está la reencarnación eterna sin dioses que intervengan; o dioses que no castigan con el infierno, etc. La apuesta de Pascal parece omitir estas posibilidades y, así, también parece cometer el error de plantear un falso dilema, ya que afirma que solo hay dos opciones donde hay más).


Cómo evitarla

Antes de dar un consejo, recordamos que no nos referimos a amenazas graves.
En esos casos no podemos aconsejar nada, salvo recordar que las autoridades recomiendan que uno les avise a las autoridades. A la hora de enfrentar la apelación a la fuerza en sus variantes retóricas es importante recordar que no hay armonía entre la realidad, la verdad y los deseos de uno. Recordar esto servirá, por un lado, para evitar la tendencia a creer con el deseo —lo que hace posible las estafas, por ejemplo— y, por el otro lado, servirá para responderle a quien pretende que debemos asumir una medida o apoyar una idea porque de otro modo las consecuencias serían terribles. Podremos pedirle que nos dé razones independientes del miedo a favor de la medida o la idea en cuestión.


Otro ejemplo de esta falacia

 

Apelación a la ignorancia

Falacia de apelación a la ignorancia
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Descripción

Ocurre cuando se intenta apoyar una idea argumentando que todavía no se ha probado que es falsa. El error estriba en que el solo hecho de que no haya una prueba en contra de una idea o propuesta no hace que la idea sea verdadera o la propuesta provechosa. Que no se haya probado que una afirmación es falsa es una razón muy débil para creer en dicha afirmación. Debe haber más razones.
Por ejemplo, hasta ahora nadie ha probado que no hay una conspiración orquestada desde Marte para mantenernos atrapados en el planeta Tierra junto a toda esa gente que nos desagrada. Pero eso no hace que sea razonable pensar tal cosa. La falacia también se comete cuando se asume que el hecho de que nadie haya probado que una afirmación es verdadera es una razón suficiente para creer que dicha afirmación es falsa. No debe confundirse esta falacia con un reclamo legítimo de razones o evidencia. Por ejemplo, si alguien acusa a otra persona de cometer un delito, entonces el acusado tiene todo el derecho de exigir las pruebas de dicha acusación. En este caso no hay falacia de apelación a la ignorancia, porque el acusado no está diciendo que él es inocente solo porque no se ha probado lo contrario, sino que está señalando un principio básico de los sistemas jurídicos modernos: que a nadie se le puede acusar sin pruebas. A veces se usa la expresión latina Argumentum ad ignorantiam para referirse a esta falacia.

 

Ejemplo

Algunos ejemplos típicos de esta clase de error ocurren en las discusiones sobre la existencia de Dios. Por ejemplo, un creyente que afirma que Dios existe porque nadie ha podido demostrar que no existe comete el mismo error. Algunos teólogos usan las declaraciones de algunos astrofísicos en el sentido de que, mientras más cosas averiguan sobre el origen del universo, más misterioso parece, para decir que eso prueba que hay un Dios. Algo así como: dado que la mejor ciencia no puede explicarnos el origen del universo, debemos concluir que este fue creado por Dios. De modo similar, algunos ateos cometen esta misma clase de error cuando argumentan que, puesto que nadie ha podido
probar la existencia de Dios, entonces deberíamos deducir que Dios no existe.
Un eslogan que a veces se utiliza para señalar esta falacia es: Ausencia de
evidencia no es lo mismo que evidencia de ausencia.

 

Cómo evitarla

Una manera de resaltar el error es usando un razonamiento similar al de quien comete la apelación a la ignorancia, pero para extraer conclusiones abiertamente absurdas. Por ejemplo, uno puede decir cosas como: “Tampoco nadie nunca ha podido probar que a Kennedy no lo mataron unos extraterrestres, y si usted tuviera razón entonces deberíamos concluir que a Kennedy lo mataron los extraterrestres”.

 

Otro ejemplo de esta falacia:

Apelación a la mayoría

Falacia de apelación a la mayoría
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Descripción

Ocurre cuando se sugiere que una idea es verdadera o una propuesta apropiada sólo porque una mayoría la apoya. El error reside en asumir que el apoyo de una mayoría es una razón suficiente para que una idea sea verdadera. En su forma típica es una variante de la apelación a la autoridad: argumentar que una idea debe ser verdadera o una propuesta conveniente sólo porque una autoridad (en este caso el pueblo) la acepta. A veces se denomina esta falacia Argumentum ad populum.

 

Ejemplo

En política se suele sugerir que un gobierno o un político son los mejores solo porque la mayoría de las personas, o el pueblo, los adoran. O se sugiere que una propuesta debe ser secundada porque la plantea un político que goza de popularidad entre las mayorías. Más directamente, se argumenta que una idea debe ser verdadera porque así lo cree el pueblo o la mayoría.
En muchos casos la apelación al pueblo no involucra únicamente la falacia de apelación a la autoridad. Por ejemplo, a veces quien apela al pueblo dice simplemente que él, el que habla, representa los intereses más elevados de la patria, o del pueblo. Con lo cual, además de perpetrar la falacia populista, está al menos cometiendo otra falacia: la de petición de principio, que consiste —en una de sus variantes— en usar afirmaciones dudosas como si fueran ciertas.

 

Cómo evitarla

Hay varias maneras de responder a esta falacia. Una muy popular y efectiva en ciertos contextos de debate es recordarle al razonador falaz las barbaridades y estupideces que han apoyado las mayorías. Hay toda una serie de casos famosos: las mayorías condenaron injustamente a Sócrates; las mayorías prefirieron a Cristo sobre Barrabás; las mayorías apoyaron las condenas a Galileo y a Giordano Bruno, etc.

 

Otro ejemplo de esta falacia:

 

 

Atacar los motivos

Falacia de atacar los motivos

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Descripción

Ocurre cuando, al cuestionar una afirmación o responder a una crítica, uno señala las motivaciones supuestamente ilegítimas que tienen quienes hacen la afirmación o la crítica. El error reside en enfocarse en una característica lógicamente irrelevante: los posibles motivos de quienes hacen una afirmación.
El razonamiento es incorrecto porque es posible que una persona tenga un interés especial en que una afirmación sea verdadera, y también que esa persona tenga razón: la afirmación puede ser verdadera. Por ejemplo, una persona inocente que es acusada de un crimen tiene un interés especial en convencer al juez de que es inocente, pero ese motivo no anula su afirmación de inocencia.

 

Ejemplo

La falacia la cometen por igual quienes se ubican a los dos extremos del espectro político, y los del medio también (a veces, los políticos que se llaman a sí mismos “de centro” parecen concebir que el centro se ubica un poco a la derecha de Nerón.) Por ejemplo, para responder a unas acusaciones planteadas por la oposición, un gobierno dice que se trata de un complot para debilitarlo. O, del otro lado, para responder a las críticas, la oposición dice que el gobierno pretende desprestigiar a quienes lo cuestionan. En ambos casos se comete la falacia.


Cómo evitarla

Una forma de combatir este error es recordarle a la persona que lo comete que aún no ha contestado a la acusación, que aún no se ha defendido, que lo único que ha demostrado es que el acusador tiene motivaciones indecentes, pero que todo eso es lógicamente irrelevante. Hay un eslogan que a veces se usa para resumir el error de esta clase de falacias (que se conocen como “falacias genéticas” porque intentan rechazar una idea señalando que proviene de una fuente dudosa) y que pude usarse como recurso retórico para enfatizar el error: “La impureza del mensajero no contamina el mensaje”.

 

Otro ejemplo de esta falacia:

 

 

 

Autoridad falsa

Falacia de apelar a una autoridad falsa

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Descripción

En algunos contextos debemos buscar autoridades. Por ejemplo, los jueces usualmente consultan a personas investidas de la autoridad apropiada: psiquiatras, médicos, ingenieros, geólogos y toda clase de expertos. La falacia de apelación a una autoridad falsa ocurre siempre que, en un contexto similar, alguien recurre a un supuesto experto que resulta ser falso o que es experto en un área que no tiene nada qué ver con el asunto en discusión.

 

Ejemplo

Hay tres territorios particularmente fértiles para esta clase de sofisma: la publicidad, la religión y la política. Un recurso permanente de las campañas publicitarias, desde la promoción de jabones hasta la recomendación de medicamentos, es presentar una supuesta autoridad: un personaje, ataviado con bata blanca y con algún título universitario, que reporta los beneficios del producto según una investigación científica. El error o truco (porque hay alguna intención de engaño aquí) consiste en apelar a una falsa autoridad: un individuo que no es científico apelando a un estudio que no existe —porque no ha sido presentado y sometido a la revisión de la comunidad científica.
Por lo que respecta a la religión es común leer u oír cosas como: “Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, reconoció hace poco que era ateo y ahora ha abierto los ojos y cree en Dios y en Jesús. Una prueba más de que Dios nos recibe a todos si lo aceptamos”. En este caso, no sólo Zuckerberg es una falsa autoridad —porque su campo de pericia no lo capacita para determinar si Dios existe o no—, sino que el asunto mismo —la existencia de Dios— es uno de esos temas en los que no hay autoridades convencionalmente aceptadas. En tales asuntos siempre es una falacia de apelación a una falsa autoridad intentar usar la supuesta opinión de alguna autoridad reconocida en otro campo, como Albert Einstein o Marie Curi .

 

Cómo evitarla

Lo más directo es señalar el carácter dudoso de la autoridad referida. Para cuestionar dicha autoridad es importante no incurrir en otras falacias y concentrarse en lo relevante, a saber: la fiabilidad de las credenciales que le permiten a la autoridad propuesta ser una experta en el tema discutido.

 

Otro ejemplo de esta falacia:

 

 

 

 

Desplazar la carga de la prueba

Falacia de desplazar la carga de la prueba

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Descripción

Ocurre cuando la persona que tiene la obligación de probar o argumentar a favor de una idea exige que los demás prueben que ella está equivocada. Como se ve, es una variante de la apelación a la ignorancia. El error estriba en no dar un argumento cuando uno está obligado a hacerlo y, en lugar de eso, exigirle a la otra persona que demuestre que nos equivocamos.

 

Ejemplo

Casi siempre el contexto deja claro quién tiene la carga de la prueba. Por ejemplo, en un proceso judicial en derecho penal la carga de la prueba la tiene la parte que acusa. Esto tiene un sentido práctico importante: la mayoría de la gente estaría en la cárcel si todos tuviéramos que probar nuestra inocencia con respecto a todos los delitos que se cometen por ahí. En otros contextos no está establecido por alguna norma quién tiene la carga de la prueba, sino que depende de otros factores como, por ejemplo, quién está en determinado rol, como criticar o proponer una idea. Por ejemplo, si en una discusión uno rechaza algo que otra persona dijo uno está obligado a dar el argumento que sustenta la crítica. En general, cada vez que alguien propone remover una medida establecida o revisar una decisión, esa persona tiene la carga de la prueba. Cada vez que una persona usa algún recurso para evitar discutir una afirmación importante está evitando la carga de la prueba. Similarmente, cuando alguien hace una afirmación extraordinaria (por ejemplo, que los extraterrestres nos visitan o que la virgen María está a punto de destruirnos) la carga de la prueba recae sobre esa persona, no sobre quienes dudan de sus afirmaciones.

 

Cómo evitarla

La forma más fácil de combatir esta falacia consiste en recordarle a quien la comete que es él (o ella) quien tiene que aportar la evidencia que justifica sus afirmaciones o peticiones, y no quienes dudan de las mismas. En pocas palabras, volver a ponerle encima la carga que ella o él quiere solta .

 

Otro ejemplo de esta falacia:

Dos errores hacen un acierto

Falacia de Dos errores hacen un acierto

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Descripción

Ocurre cuando se intenta justificar un error cometiendo otro, o cuando se propone arreglar un daño haciendo otro. El error básico de esta forma de razonamiento reside en asumir dogmáticamente alguna regla general y vaga (como: Ojo por ojo, diente por diente o Ladrón que roba a ladrón tiene mil años de perdón), en lugar de considerar las características concretas del asunto que se está discutiendo. El razonador simplemente propone hacer lo que dicta su regla general de “empatar” la situación. Es un error grave, además, porque en muchos casos no hace más que empeorar las cosas, como veremos.

 

Ejemplo

Un ejemplo reciente lo ofrece la competencia de producción de armas que llevó a los Estados Unidos y a la Unión Soviética a producir tal cantidad de misiles nucleares que hoy es posible acabar con la vida humana en una guerra. Puesto que es un error acumular tal dosis suicida de armas, pero es un error que se veía compensado porque el enemigo hacía exactamente lo mismo, este es un claro ejemplo de que responder a un error con otro puede empeorar las cosas. La vida, el cine y la literatura policiales están repletos de ejemplos de gente que quiso “tapar un error con otro” y terminó en una espiral de problemas mucho más grande que el problema inicial causado por el primer error. A veces esta falacia toma la forma de un recurso al Tu quoque. Por ejemplo, en una discusión sobre los posibles beneficios o perjuicios sociales del ateísmo, a un ateo se le presenta la evidencia de los genocidios, masacres, encarcelamientos arbitrarios y otros crímenes cometidos por regímenes oficialmente ateos como los de Mao Tse Tung o Stalin, y el ateo responde recordando las torturas, las masacres, los genocidios y otros crímenes similares cometidos por la iglesia católica, por ejemplo. En este caso, el ateo intenta justificar un error apelando a otro y, al mismo tiempo, sugiere que su crítico también es incoherente (Tu quoque).

 

Cómo evitarla

Un recurso famoso para responder a esta falacia es una frase atribuida a Gandhi, el gran pacifista indio: “Si siguiéramos la ley de “Ojo por ojo” todos quedaríamos ciegos”. Lo que debe tenerse en cuenta es que agregar otro error a la circunstancia la empeorará. Cuando el argumento apela a una regla simple como "Ojo por ojo" también es un caso de la falacia de accidente.

 

Otro ejemplo de esta falacia:

 

 

 

Falso dilema

Falacia de falso dilema

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Descripción

Ocurre cuando alguien plantea dos opciones como las únicas entre las que hay para elegir, pero resulta que hay más opciones o no es necesario elegir entre ellas. El error reside en plantear una elección entre dos únicas opciones cuando hay otras, o cuando podrían darse las dos opciones al mismo tiempo.
Las condiciones para que un dilema sea verdadero son dos: 1) solo deben existir dos opciones relevantes. Si hay una tercera opción el dilema es falso.
Por ejemplo, en el dilema: “Hitler está vivo o muerto” se cumple este requisito, ya que entre esas dos opciones, interpretadas literalmente, no hay alternativa. 2) Las opciones deben excluirse mutuamente, es decir, si se da una, automáticamente la otra queda descartada. De este modo, si las dos opciones planteadas por el dilema pueden darse simultáneamente la dicotomía planteada es falsa. El ejemplo de Hitler cumple este segundo requisito y, por tanto, es un caso de dilema verdadero.
También debe darse una tercera condición para que el dilema sea razonable o aceptable: 3) el dilema debe ser obvio o autoevidente (como en el ejemplo de Hitler) o, si no, deben darse razones independientes para creer que el dilema es verdadero. Es decir, no basta con afirmar simplemente que esas son las únicas opciones y que son mutuamente excluyentes. Debe argumentarse de manera independiente que se dan las condiciones 1) y 2). Por ejemplo, un político que es sorprendido cometiendo delitos de corrupción dice (como de hecho lo hacen a menudo) que no había otra forma de salvar el país: o compraba esos votos o el país se iba al abismo. Este dilema no solo parece falso, sino que es gratuito: la persona no nos ha dado ninguna razón para pensar que solo hay esas opciones. En casos como estos en los que la gente usa el dilema sin mostrarnos las razones por las que deberíamos aceptarlo se comete, además, la falacia de petición de principio (porque se afirma algo que debería ser probado, a saber: que el dilema se da o es verdadero).

 

Ejemplo

Un ejemplo clásico es el razonamiento legendario del califa Omar, quien alrededor del año 640 D.C. determinó que los libros que quedaban en Alejandría (luego de las sucesivas demoliciones e incendios que había padecido la biblioteca de la ciudad) debían ser destruidos. El argumento que usó el califa apela a un dilema falso, pues dijo así: “O bien los libros dicen cosas contrarias a El Corán, en cuyo caso son blasfemos y deben destruirse; o bien dicen lo mismo que El Corán, en cuyo caso son innecesarios y pueden
destruirse”. Este dilema es falso porque un libro no tiene que caer necesariamente en alguna de las dos categorías planteadas por el Califa Omar.
Por ejemplo, un tratado de geometría no dice nada contrario a El Corán, pero tampoco dice lo mismo. Un ejemplo de un dilema falso, pero de la segunda clase, es decir, de los que plantean opciones como si fueran incompatibles cuando de hecho no lo son, es el siguiente: “O les reducimos los impuestos a los más ricos, que son quienes generan empleo, o el país se va a la bancarrota”. Este dilema es falso porque no es cierto que las dos opciones planteadas sean incompatibles:
podría ocurrir que el país no se vaya a la bancarrota aunque les aumenten los impuestos a los ricos.

 

Cómo evitarla

En el caso en que las opciones no sean las únicas hay que insistir en esto, señalando una tercera opción. En el caso en que las opciones puedan darse al mismo tiempo, es necesario detenerse a mostrar dicha posibilidad. Algunos de los casos más comunes, sin embargo, no son tan fáciles de enfrentar. La mayoría de las veces el dilema es dudoso porque quien lo propone no da las razones para pensar que el dilema es verdadero. En tales casos estamos ante la falacia de petición de principio y es importante señalarle al interlocutor que él simplemente ha formulado el dilema, pero no nos ha dado ninguna razón para creer que es verdadero.

 

Otro ejemplo de esta falacia:

 

Generalización apresurada o indebida

Falacia de generalización apresurada

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Descripción

Sucede cuando sacamos conclusiones generales pero no tenemos la evidencia que se necesita para apoyar tales conclusiones. El error consiste en que la evidencia que tenemos es muy pobre en comparación con lo ambiciosa que es la conclusión que queremos apoyar.

 

Ejemplo

Un ejemplo notorio son algunos sondeos televisivos o de Internet. Por ejemplo, se le pide a la gente que dé su opinión sobre un asunto (digamos, la pena de muerte) a través de Internet o haciendo una llamada. Y luego, con base en esas respuestas, se concluyen cosas como: “El 43% de los colombianos apoya la pena de muerte”. En realidad, la única conclusión permitida en ese caso sería algo como: “El 43% de quienes llamaron a este programa... apoya la pena de muerte”, o “El 43% de quienes escribieron a nuestra cuenta de Twitter... apoya la pena de muerte”.
Consideremos la popular expresión: "Todos los políticos son iguales".
Normalmente se oye esta clase expresión ante noticias de corrupción o de faltas graves cometidas por uno o varios políticos. Esa conclusión general, por supuesto, no puede deducirse a partir de tan pocos casos. Es interesante que a quienes más beneficia ese tipo de generalización errónea es precisamente a los políticos corruptos ya que, si la gente se convence de que todos los políticos son igualmente malos, pierde sentido la difícil pero necesaria tarea de evaluar cuidadosamente cuál de los candidatos puede ser mejor para su región o país.

 

Cómo evitarla

En el caso de la generalización apresurada hay que identificar el salto que se da cuando, solo por llamar la atención sobre unos cuantos casos, el razonador extrae la conclusión general con expresiones como “Todos” o “La mayoría”, etc. Una vez identificado el error, uno puede responder algo como: “Usted sólo ha probado que algunos políticos son corruptos, pero todavía no ha demostrado que todos lo son”. De modo similar, cada vez que estemos tentados a extraer una conclusión general puede ser útil escribirla o pronunciarla en voz alta y, luego, interrogarnos a nosotros mismos con esta pregunta: ¿tengo suficiente evidencia para concluir esto acerca de todos los casos de los que
quiero hablar? También es importante aprender a diferenciar las generalizaciones apresuradas de afirmaciones generales que no pretenden ser universales. Por ejemplo, muchas veces la gente usa expresiones como “Todos los políticos” para referirse en realidad a la mayoría de ellos, no a todos. En tales casos, señalar que se ha cometido una generalización apresurada es pura pedantería, ya que es fácil ver que la intención del hablante no era incluir a todos los individuos.

 

Otro ejemplo de esta falacia:

 

 

 

Luchar contra un espantapájaros

Falacia de luchar contra un espantapájaros

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Descripción

El nombre viene de la expresión inglesa Straw man fallacy, y suele traducirse por: argumentar contra un hombre de paja. Es una falacia que sólo puede ocurrir en la circunstancia de un debate, ya que sólo puede usarse para criticar un punto de vista.
Consiste en presentar la posición o idea que uno rechaza, pero de una manera tan descuidada, tan mal razonada o formulada, que luego resulta muy fácil derrotarla. A menudo ni siquiera hace falta plantear la crítica, puesto que se ha presentado el punto de vista que se está criticando de una forma tan débil que es evidente que debe ser falso.
La falacia de luchar contra un espantapájaros es un error, porque al derribar la peor versión del punto de vista que estamos criticando no hemos rechazado realmente ese punto de vista, sino una caricatura del mismo. Cuando se comete de manera deliberada es un caso de deshonestidad intelectual, dado que el propósito de argumentar debería ser llegar hasta donde lo permita la evidencia.
Así, al presentar de manera inapropiada una idea para luego rechazarla, uno está ocultando la evidencia.

 

Ejemplo

Algunos ateos suelen afirmar que la única razón que tienen los creyentes para afirmar que existen varios o un solo dios es el miedo a la muerte (el poeta latino Estacio dijo: “El miedo fue el primero en parir a los dioses”.) Esto, como crítica, no funciona, puesto que es falso que la única razón de los creyentes es esa. De hecho, hay una larga historia de debates sobre los argumentos a favor de la idea de que existen dioses.
En política es frecuente que los adversarios presenten las propuestas o ideas de sus opositores de tal manera que parezcan absurdas. Por ejemplo, es común oír cosas como: “El presidente pretende acabar con la democracia”; o, del otro lado:
“La oposición quiere dar un golpe de Estado”.
Otros ejemplos:
“El feminismo pretende acabar con las familias”.
“Los sindicatos quieren acabar con las empresas”.

 

Cómo evitarla

La forma correcta de llevar una discusión es, primero, presentar la mejor versión existente del punto de vista que uno quiere criticar. Para lograrlo es útil conversar con personas que sostienen esas ideas. Quien adopta un punto de vista nos hará ver que las caricaturas que de ese punto de vista hacen los opositores son eso: caracterizaciones imprecisas. Solo después de que uno haya expuesto la mejor versión de la idea que uno quiere rechazar tiene el derecho lógico de plantear sus objeciones. En muchos casos es fácil encontrar las mejores versiones de una idea: están en los libros. Por ejemplo, si uno es ateo, un ejercicio interesante que puede hacer es responder los argumentos de Tomás de Aquino a favor de la existencia de Dios. Allí encontrará una de las mejores
versiones de la creencia en Dios, en lugar de discutir versiones más pobres.

 

Otro ejemplo de esta falacia:

 

Pendiente resbaladiza

Falacia de argumentar en una pendiente resbaladiza

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Descripción

Consiste en una cadena de razonamientos que poco a poco parecen llevar a la conclusión de que las consecuencias de realizar determinada acción o adoptar cierta medida serán catastróficas. El error reside en presentar una serie de hipótesis dudosas sobre las relaciones de causa y efecto como si fueran verdades obvias que todos conociéramos. Por esto, normalmente esta falacia también implica otra: la falacia de petición de principio, puesto que da por sentado aquello que debería probarse.

 

Ejemplo

En política, los principales usos de esta clase de razonamiento erróneo se dan entre quienes se identifican como conservadores o de derechas. Esto porque los razonamientos de pendiente resbaladiza normalmente llevan a conclusiones en contra de acciones nuevas o en contra de permitir ciertas acciones. Por ejemplo, en los debates sobre la legalización de la eutanasia a veces aparece un razonamiento similar a este: “Si aprobáramos que las instituciones puedan darle la muerte a una persona inocente porque su vida ya no es digna de vivirse, ¿dónde nos detendremos? ¿No terminaremos abriendo la puerta para los peores crímenes de “limpieza” al estilo nazi: matando dementes, enfermos, discapacitados; y a todos aquellos cuyas vidas se nos antojen poco valiosas o dignas?”. Desde luego, el argumento es erróneo porque no presenta ninguna
evidencia para creer que las consecuencias que señala se van a dar, simplemente las afirma como si fueran obvias, y no lo son.
Argumentos similares se presentan en contra de legalizar el aborto, por ejemplo: “Si se declara que la vida de un feto de, digamos, tres meses, no es todavía una vida humana digna, entonces, ¿dónde trazaremos la línea? Porque no hay una diferencia esencial entre un feto de tres meses y uno de tres meses y dos semanas, y así sucesivamente. No existe una línea en el desarrollo humano en la que podamos decir: aquí comienza la vida humana digna. Por eso, si legalizamos el aborto abrimos la puerta para que pronto legalicemos el infanticidio”.
Nuevamente, el argumento hace una afirmación de causa y efecto como si fuera obvia, pero en realidad no lo es: no es obvio que legalizar el aborto implique que pronto legalizaremos el infanticidio. Hay lugares donde el aborto es legal (como en Colombia) y no es cierto que también sea legal el infanticidio.

 

Cómo evitarla

La mejor manera de evitar esta falacia es preguntar insistentemente por las razones concretas que tiene el razonador para afirmar que las consecuencias anunciadas se darán. Otra actitud útil consiste en imaginar situaciones en las que se da la acción o medida que se está discutiendo, pero no se dan las consecuencias catastróficas anunciadas. Si es posible imaginar esa situación y, además, resulta probable, esto es una razón para dudar de la pendiente planteada, es decir, para dudar de que si tomamos la medida entonces enfrentaremos las consecuencias desagradables.

 

Otro ejemplo de esta falacia:

 

 

 

Petición de principio

Falacia de petición de principio

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Descripción

Ocurre cuando, en lugar de aportar razones independientes a favor de la idea que queremos promover, simplemente usamos esa misma idea como si fuera una razón a favor de sí misma. El error consiste en dar por sentado aquello que se está discutiendo o que se debería discutir. Por ejemplo, alguien hace una afirmación: “El azúcar es dañino”, y otra persona le pide la razón por la que lo dice. El primero contesta: “Es que el azúcar es perjudicial para la salud”. Como se ve, simplemente cambió las palabras, pero no aportó ninguna razón independiente para apoyar lo que dijo. Esto puede ocurrir en muchos contextos y de formas diversas. Por ejemplo, muchas veces las llamadas preguntas retóricas (es decir, preguntas que el hablante no hace esperando una respuesta, sino por otra razón: para adornar el discurso o para hacerlo convincente, etc.) son maneras de cometer una petición de principio. Quien se pregunta, en un debate sobre la pena de muerte, algo como: “¿No es apenas obvio que la única salida ante estos crímenes atroces, la única respuesta humana digna es aplicar la antigua y sabia ley del “Ojo por ojo, diente por diente” y darle la muerte al criminal?”, está cometiendo petición de principio. Esta pregunta no puede ser un argumento a favor de la pena de muerte porque, como se ve, la pregunta misma supone que la pena de muerte es la mejor salida, y esto es exactamente lo que se está discutiendo. Esa es la primera variedad de la petición de principio.
La segunda variedad consiste en usar una idea controversial como razón o apoyo para otra. Por ejemplo, en una discusión sobre la pena de muerte, alguien dice: “La pena de muerte es una barbaridad: cada vez que ejecutan a alguien en alguno de los países que tienen pena de muerte la virgen María llora lágrimas de sangre. Por eso, no deberíamos nunca instaurar la pena de muerte en nuestro país”. Como se ve, el error en esta segunda clase de petición de principio consiste en intentar apoyar una idea usando otra aún más dudosa. Se usa la frase latina Petitio principii para nombrar esta falacia.

 

Ejemplo

Los ejemplos más frecuentes son aquellos en los que usamos ideas dudosas como si ya se hubieran discutido y todos estuviéramos de acuerdo en que son ciertas y podemos usarlas como razones incontrovertibles. Por ejemplo, el argumento que dice que la homosexualidad es una enfermedad porque Dios dijo que la homosexualidad es una enfermedad comete petición de principio, porque antes de poder usar la idea de que Dios dijo eso hay que probar, primero, que Dios existe; en segundo lugar, que se comunicó con alguien; en tercer lugar, que dejó ese mensaje; y en cuarto lugar debemos discutir todavía qué peso tiene una declaración de Dios en un asunto médico. Como se ve, el argumento asume que sabemos las respuestas a todas estas difíciles cuestiones y, por eso, es un argumento defectuoso que comete la falacia de petición de principio. Siempre que se usen datos, afirmaciones, ideas como razones a favor de una
conclusión, una (o uno) tiene el derecho lógico de preguntar por qué debemos usar esos datos, ideas o afirmaciones.

 

Cómo evitarla

Hay dos preguntas que deben hacerse para evitar las dos clases de petición de principio que vimos. La primera es: ¿constituyen la razón o razones aportadas una afirmación distinta e independiente de la conclusión? Si la respuesta a esta pregunta es “No”, entonces tenemos una petición de principio. La segunda pregunta es: ¿la o las afirmaciones presentadas como razón o razones a favor de la conclusión son dudosas, oscuras, su discusión llevaría mucho tiempo? Si la respuesta a esta pregunta es “Sí”, entonces también estamos ante una petición de principio. En estos casos es útil señalar con claridad, o bien que aún no se ha aportado una razón independiente para apoyar la conclusión (primer caso), o bien que la razón que se ha dado es dudosa en sí misma y su discusión desviaría la discusión (segundo caso).

 

Otro ejemplo de esta falacia:

 

Post hoc ergo propter hoc

Falacia de post hoc ergo propter hoc

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Descripción

Ocurre cuando concluimos que un suceso es la causa de algo solo porque ocurrió antes. El error reside en establecer una relación de causa efecto sin tener la evidencia suficiente para hacerlo. En este caso el error se basa en enfocarse en una única característica de la relación de causa y efecto, cuando en realidad hay más. La característica es la precedencia temporal, es decir, el hecho de que siempre las causas ocurren antes que los efectos. Pero esa característica es insuficiente para establecer la causalidad. Por ejemplo, aunque es verdad que el gallo canta todos los días antes de que salga el sol, eso no implica que la causa de que el sol salga es el canto del gallo.

 

Ejemplo

En política, cada vez que suceda algo malo en un país la oposición aprovechará para afirmar que el desastre es una consecuencia de alguna medida del gobierno. Si la única razón ofrecida en este caso es que la medida gubernamental ocurrió antes del desastre estamos ante un caso de la falacia post hoc (esta versión resumida del nombre de la falacia es usual). Otros ejemplos típicos son los relatos de curaciones milagrosas en los que se enfatiza que la curación se produjo justo después de la invocación del santo o el brujo o el demonio o el dios del que se trate.

 

Cómo evitarla

Debe señalarse que el criterio temporal —es decir, que el supuesto efecto ocurrió después de la supuesta causa— es muy pobre para establecer una relación de causa efecto. Un recurso retórico efectivo consiste en señalar casos absurdos en los que se plantea la relación causa efecto únicamente con base en el criterio de la precedencia temporal. Por ejemplo: “Si usáramos ese criterio entonces podríamos decir que la causa de la segunda guerra mundial fue la publicación del libro El Ser y el Tiempo del filósofo Martin Heidegger, que apareció en 1927, antes de que iniciara la segunda guerra”.

 

Otro ejemplo de esta falacia:

 

Refutación por asociación

Falacia de refutación por asociación

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Descripción

Ocurre cada vez que alguien intenta rechazar un punto de vista únicamente señalando que fue defendido por una figura desagradable. Hitler es uno de los ejemplos más usados, pero no es el único. Se pueden leer u oír con cierta frecuencia cosas como: “Lo que dijo Juan es lo mismo que predicaban los racistas en Estados Unidos, es inaceptable”. El argumento es falaz puesto que la conclusión de que Juan se equivoca no se sigue de la premisa de que la afirmación de Juan es la misma que hicieron unos racistas en Estados Unidos.
Una manera de ver el error en esta clase de argumento es recordar que hasta la gente más desagradable, los dictadores y criminales de la historia, tenían creencias verdaderas. Para poner un ejemplo tonto pero claro, seguramente Hitler creía muchas verdades, como que dos más dos es igual a cuatro. El error es tan evidente que eso mismo hace que sea un poco sorprendente la frecuencia con que se comete. Tomamos la denominación “Refutación por asociación” de un libro de Jamie Whyte, Crimes against logic, McGraw-Hill, 2005.

 

Ejemplo

Una forma de expresión que se ha vuelto popular para desacreditar el movimiento feminista es llamar a sus miembros “Feminazis”. La idea es que, al juntar ambas palabras, la primera —“feminista”— quede contaminada por la otra. Es un truco lógicamente erróneo. En este caso, además, se comete una petición de principio, porque es falso que el feminismo tenga características importantes en común con el partido nazi.
En Colombia se ha vuelto popular una variante de esta falacia, y ocurre a ambos lados del espectro político. Del lado de la derecha, por ejemplo, se dice, para descartar un planteamiento, que eso mismo dicen o proponen los guerrilleros.
Del lado de la izquierda se usa la acusación de que el punto de vista criticado era sostenido por los paramilitares. En ambos casos se comete el mismo error, a saber: cuestionar una idea por su origen, en lugar de hacerlo por su contenido.
Por eso, es una variante de la falacia genética así como de la falacia de petición de principio.

 

Cómo evitarla

Una actitud general que sirve para detectar cualquier error de razonamiento, y que en este caso es esencial para rechazar la falacia, es concentrarse en el contenido de la afirmación que estamos considerando o discutiendo, independientemente de otros aspectos como su origen o defensores. Una vez identificado el error hay varias maneras de señalarlo, una de las cuales es enfatizar que los nazis, Hitler o la figura que se use en este caso también creyeron cosas verdaderas.

 

Otro ejemplo de esta falacia:

 

Sofisma patético

Falacia de sofisma patético

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Descripción

Consiste en apelar a las emociones en lugar de apelar a las razones y la evidencia. El error reside justamente en que no se dan razones y, así, lo que parece un argumento en realidad no lo es. Esto no implica que sea incorrecto siempre citar las emociones en un razonamiento, sino que es un error pretender que las reacciones emocionales constituyan, por sí solas, un argumento.

 

Ejemplo

Esta falacia ocurre cada vez que se utilizan recursos como las caracterizaciones dramáticas de una situación. Por ejemplo: “Si se llegara a aprobar agenda LGTBI estaríamos ante el final de la familia, de los valores, de la sociedad”. Este ejemplo también es un caso de argumentar en una pendiente resbaladiza y de luchar contra un espantapájaros. También puede usarse la adjetivación altisonante y sentimental para perpetrar esta falacia: “Es una vergüenza incomparable, es el derroche más descarado, es la estupidez nunca antes vista, eso es pasar por encima de los sentimientos de la gente: ¿cómo se gastan 40 mil millones de pesos en una consulta insulsa de un partido político que ya casi ni existe? Deberían gastarlo en los niños que mueren de hambre” (en este ejemplo también se cometen petición de principio y la falacia de ignorar el tema por apelación a problemas mayores). Por lo general, la falacia o el sofisma patético va a acompañada de otras falacias, como en los ejemplos citados.

 

Cómo evitarla

Debemos devolver la discusión al asunto central. Dependiendo de las circunstancias, podemos condolernos por las emociones dolorosas que causa la propuesta o idea en nuestro interlocutor, para luego pedirle que por favor dé las razones de su oposición. Es importante aclarar que nada de esto implica que las reacciones emocionales sean inadecuadas en un debate. Como ocurre con las afirmaciones, las reacciones emocionales pueden ser relevantes o irrelevantes. El sofisma patético ocurre cuando se intenta dar relevancia a reacciones emocionales que son lógicamente impertinentes en el contexto.

 

Otro ejemplo de esta falacia:

 

Tú también

Falacia de recurso al Tu quoque

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Descripción

Ocurre cuando, en lugar de contestar a una crítica acusamos al interlocutor de ser inconsistente. El error reside en desviar la atención del asunto que se discute hacia la persona del interlocutor. Es uno de los recursos más frecuentes en política: un político es criticado y, en lugar de contestar a la crítica, nos recuerda que su acusador es igual o peor que él. La expresión latina que se usa para designarla es Tu quoque, tú también. Por ejemplo, en un debate, a un ateo se le señala que sus ideas parecen contradictorias. Y el ateo, en lugar de contestar, es decir, de mostrar que efectivamente no se da la contradicción, responde con algo como: ¿Me van a dar lecciones de lógica unas gentes que creen en amigos imaginarios? La respuesta es irrelevante, porque aun si todos los creyentes fueran incoherentes eso no eliminaría la contradicción en la que ha caído el ateo.

 

Ejemplo

Es una de las armas preferidas de los políticos para contestar las acusaciones. Por ejemplo: “Me acusan de haber patrocinado la corrupción en mi partido, pero mis acusadores pertenecen al partido más corrupto de la historia de Colombia”. En discusiones sobre la moralidad del toreo, por ejemplo, también es usual oír cosas como: “Los antitaurinos son hipócritas porque se duelen del sufrimiento de los toros de lidia, pero no tienen problema en comer animales”.
No debe confundirse la falacia de recurso al Tu quoque con argumentos similares pero legítimos en los que se acusa a alguien de ser incoherente. Por ejemplo, es legítimo señalarle a alguien que ha caído en una incoherencia, ya que las contradicciones son falsas. La falacia ocurre cuando se hace esto como respuesta a una crítica. Es en ese caso que constituye un error lógico.

 

Cómo evitarla

La manera más sencilla es responder algo como: “Hasta ahora usted sólo ha probado que yo soy incoherente, y voy a concedérselo en gracia de la discusión.
Pero todavía no ha mostrado que su idea es verdadera (o que su propuesta es la mejor)”.

 

Otro ejemplo de esta falacia:

 

Ignoratio elenchi por apelación a problemas mayores

Falacia de Ignoratio elenchi por apelación a problemas mayores

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Descripción

La denominación ignoratio elenchi corresponde al tipo más general de falacia, que explicaremos brevemente antes de explicar la falacia con el nombre más largo. La expresión latina puede traducirse por “ignorar el tema” o “ignorar el argumento”. Esta clase de falacia consiste en argumentar a favor de una conclusión que no es pertinente o es irrelevante en el contexto de la discusión.
Es la más general de todas las falacias. Aristóteles sugirió que todas las falacias son casos de ignoratio elenchi. El error reside en desviar la discusión hacia un asunto que, aunque parecido, es distinto y lógicamente independiente del que se está discutiendo. Consideremos el caso que nos ocupa, la falacia de ignorar el tema recurriendo a problemas más graves.

 

Ejemplo

Con frecuencia se oyen argumentos como los siguientes en los debates entre facciones de las izquierdas y las derechas políticas en Colombia: En vez de estar preocupados por lo que pasa en Venezuela o en Cuba deberíamos indignarnos por las condiciones de miseria en nuestro propio país.
En lugar de ir criticando a nuestro gobierno por cosas menores deberían denunciar las graves violaciones de los derechos humanos en Venezuela y Cuba.
La falacia consiste en ignorar el tema de discusión, argumentando que hay problemas más graves que deberían llamar nuestra atención. Se trata de una falla de razonamiento, puesto que no logra probar lo que el bando que la usa debería probar. En el primer ejemplo, no responde a las críticas que se plantean contra los gobiernos de esos países. En el segundo caso, no responde a las críticas contra el gobierno doméstico. En ambas circunstancias se ve que el argumento ofrecido es irrelevante.
A veces la falacia de ignoratio elenchi por apelación problemas mayores es usada en política como un instrumento para postergar la toma de ciertas decisiones o la discusión de algunos problemas. En este caso pertenece a la familia de lo que Jeremy Bentham llamó “Sofismas dilatorios”, que consisten en buscar el aplazamiento de una medida apelando a razones que son irrelevantes.
Por ejemplo, se propone una reforma y, quienes no están de acuerdo con ella pero tienen otros motivos para oponerse, sugieren que hay un orden de prioridades y que el país debería primero resolver problemas más graves. En Colombia es común que se introduzca esta clase de falacia con frases como: “Estamos en Cundinamarca, no en Dinamarca”. La idea tras ese eslogan es que muchas medidas o reformas que serían buenas deben esperar hasta que el país resuelva otros problemas más graves. El argumento es defectuoso, puesto que no muestra que la medida o reforma en cuestión es inconveniente.

 

Cómo evitarla

Como con cualquier otra falacia, es importante señalar la irrelevancia del argumento. En este caso, se puede señalar que la existencia de problemas más graves no anula la discusión ni hace que las ideas expuestas sean falsas o inconvenientes. Usualmente esta falacia va acompañada de un falso dilema, puesto que se sugiere que no es posible tomar la decisión que se pretende rechazar al mismo tiempo que otra más urgente. En este caso es útil señalar que el dilema es falso, es decir, que se pueden hacer ambas cosas al mismo tiempo: por ejemplo, luchar contra la pobreza y el hambre y reconocer los derechos de las minorías.

 

Otro ejemplo de esta falacia:

 

Créditos

Universidad de Caldas
Facultad de Artes y Humanidades
2018

Autores
Juliana Zuluaga, Juan Camilo Osorio, Sandra Núñez, Jacobo Rivera, María Camila Toro, Camila Arango, María Luisa Pastrán, Daniel Felipe Montoya B, Andrés Ernesto Zabala, Dylan Quintero, Pablo Rolando Arango